3 El Bien y el Mal
La visión que nos da la Biblia acerca de la historia de la humanidad, está asociada a una lucha entre el Bien y el Mal. En principio puede decirse que el bien es lo que nos agrada y nos produce felicidad, mientras que el mal es lo no deseado y lo que nos produce infelicidad. Como la Biblia es un libro esencialmente ético, resulta justificado asociar tanto el Bien como el Mal a las componentes emocionales de la actitud característica, según el siguiente esquema:
El Bien: Amor
El Mal: Odio, Egoísmo, Indiferencia
Para el definitivo triunfo del Bien sobre el Mal, podemos establecer la siguiente sugerencia:
Trata de compartir las penas y las alegrías ajenas como propias.
Adviértase que esta ética natural y objetiva implica la elección de una de las componentes emocionales de nuestra actitud característica, tratando en lo posible de evitar las restantes. Esta sugerencia coincide esencialmente con el mandamiento de Cristo: "Amarás al prójimo como a ti mismo".
El amor, definido de esta manera, no es otra cosa que la empatía emocional, que ha sido fundamentada por la neurociencia con el descubrimiento de las neuronas espejo. Puede considerarse a la empatía emocional como el principal proceso natural que permite nuestra supervivencia, ya que adoptando la actitud del amor tendremos la predisposición a favorecer a los demás y a no perjudicarlos, a la vez que nos beneficiamos cada uno de nosotros mismos.
La simplicidad de una sugerencia ética no surge necesariamente como consecuencia de haber observado la naturaleza humana con cierta superficialidad, ya que el propio orden natural ha permitido que el conocimiento básico que ha de asegurar nuestra supervivencia como especie, sea accesible a todo ser humano, en forma independiente de su intelectualidad y de su inteligencia.
Es oportuno mencionar la definición que Baruch de Spinoza establece respecto del amor, escribiendo al respecto: “El que imagina aquello que ama afectado de alegría o tristeza, también será afectado de alegría o tristeza; y uno y otro de estos afectos será mayor o menor en el amante, según uno y otro sea mayor o menor en la cosa amada”.
También define al odio: “El que imagina que aquello a que tiene odio está afectado de tristeza, se alegrará; si, por el contrario, lo imagina afectado de alegría, se entristecerá; y uno y otro afecto será mayor o menor según sea mayor o menor el afecto contrario en aquello a que tiene odio” (De “Ética”-Fondo de Cultura Económica-México 1985).
Hay quienes sostienen que el mandamiento cristiano nos induce a amar a todos por igual, tanto a justos como a pecadores, incluso a los delincuentes. Con ello estaríamos en cierta forma promoviendo el Mal, oponiéndonos al objetivo propuesto por la Biblia. Por el contrario, si consideramos que el amor al prójimo es una predisposición favorable a compartir penas y alegrías ajenas, esto se dará en forma natural siempre que los demás permitan que ello ocurra. Así, en el caso de un delincuente, resulta natural que despierte cierto rechazo por lo que impide que sus penas y alegrías sean compartidas por los demás.
Toda ética ha de describir tanto la manera de hacer el Bien como de rechazar el Mal. De ahí que debemos describir también las restantes componentes emocionales. Así, el egoísmo es la actitud que no produce el Bien en los demás, aunque tampoco el Mal; diríamos que es una actitud éticamente neutra, insuficiente para el triunfo del Bien sobre el Mal.
El odio es la actitud que favorece al Mal, por cuanto quien la padece siente alegría cuando algo malo le sucede a la persona odiada, manifestando a veces tal alegría en forma de burla. Cuando la persona odiada logra cierto éxito, el que odia sentirá desagrado o pena, lo que implica envidia.
La indiferencia es la actitud por la cual un individuo se despreocupa por los demás y también de sí mismo. El egoísta, como se dijo, se despreocupa de los demás, pero se interesa en sí mismo y en sus allegados, por lo que difiere en ese aspecto del indiferente; de ahí la conveniencia de diferenciarlos. Wolfgang Goethe escribió: "La negligencia y la disidencia producen en el mundo más males que el odio y la maldad".
No existen en los seres humanos, por lo general, los casos "puros", en los cuales predomina totalmente una de las actitudes básicas, ya que nuestra actitud característica está compuesta por todas ellas aunque en distintas proporciones. Como las emociones se van controlando con el razonamiento, es posible modificar tales proporciones hacia una actitud netamente cooperativa, radicando en ello la mejora ética individual.
Al poner en evidencia la existencia de las componentes emocionales de nuestra actitud característica, y al derivar de ellas una ética natural y objetiva, quedan sin efecto los planteos que proponen los difusores del relativismo moral, ya que en toda época y todo lugar el amor ha producido el Bien mientras que el odio, el egoísmo y la indiferencia lo han negado favoreciendo el predominio del Mal.
Puede decirse que una sociedad padece una crisis moral cuando en forma generalizada no se cumple con los mandamientos bíblicos, tanto por parte de ateos como de "creyentes". Así como resulta equivalente no saber leer a no leer nunca nada sabiendo hacerlo, resulta equivalente no cumplir los mandamientos siendo ateo a no cumplirlos siendo "creyente".
El Bien: Amor
El Mal: Odio, Egoísmo, Indiferencia
Para el definitivo triunfo del Bien sobre el Mal, podemos establecer la siguiente sugerencia:
Trata de compartir las penas y las alegrías ajenas como propias.
Adviértase que esta ética natural y objetiva implica la elección de una de las componentes emocionales de nuestra actitud característica, tratando en lo posible de evitar las restantes. Esta sugerencia coincide esencialmente con el mandamiento de Cristo: "Amarás al prójimo como a ti mismo".
El amor, definido de esta manera, no es otra cosa que la empatía emocional, que ha sido fundamentada por la neurociencia con el descubrimiento de las neuronas espejo. Puede considerarse a la empatía emocional como el principal proceso natural que permite nuestra supervivencia, ya que adoptando la actitud del amor tendremos la predisposición a favorecer a los demás y a no perjudicarlos, a la vez que nos beneficiamos cada uno de nosotros mismos.
La simplicidad de una sugerencia ética no surge necesariamente como consecuencia de haber observado la naturaleza humana con cierta superficialidad, ya que el propio orden natural ha permitido que el conocimiento básico que ha de asegurar nuestra supervivencia como especie, sea accesible a todo ser humano, en forma independiente de su intelectualidad y de su inteligencia.
Es oportuno mencionar la definición que Baruch de Spinoza establece respecto del amor, escribiendo al respecto: “El que imagina aquello que ama afectado de alegría o tristeza, también será afectado de alegría o tristeza; y uno y otro de estos afectos será mayor o menor en el amante, según uno y otro sea mayor o menor en la cosa amada”.
También define al odio: “El que imagina que aquello a que tiene odio está afectado de tristeza, se alegrará; si, por el contrario, lo imagina afectado de alegría, se entristecerá; y uno y otro afecto será mayor o menor según sea mayor o menor el afecto contrario en aquello a que tiene odio” (De “Ética”-Fondo de Cultura Económica-México 1985).
Hay quienes sostienen que el mandamiento cristiano nos induce a amar a todos por igual, tanto a justos como a pecadores, incluso a los delincuentes. Con ello estaríamos en cierta forma promoviendo el Mal, oponiéndonos al objetivo propuesto por la Biblia. Por el contrario, si consideramos que el amor al prójimo es una predisposición favorable a compartir penas y alegrías ajenas, esto se dará en forma natural siempre que los demás permitan que ello ocurra. Así, en el caso de un delincuente, resulta natural que despierte cierto rechazo por lo que impide que sus penas y alegrías sean compartidas por los demás.
Toda ética ha de describir tanto la manera de hacer el Bien como de rechazar el Mal. De ahí que debemos describir también las restantes componentes emocionales. Así, el egoísmo es la actitud que no produce el Bien en los demás, aunque tampoco el Mal; diríamos que es una actitud éticamente neutra, insuficiente para el triunfo del Bien sobre el Mal.
El odio es la actitud que favorece al Mal, por cuanto quien la padece siente alegría cuando algo malo le sucede a la persona odiada, manifestando a veces tal alegría en forma de burla. Cuando la persona odiada logra cierto éxito, el que odia sentirá desagrado o pena, lo que implica envidia.
La indiferencia es la actitud por la cual un individuo se despreocupa por los demás y también de sí mismo. El egoísta, como se dijo, se despreocupa de los demás, pero se interesa en sí mismo y en sus allegados, por lo que difiere en ese aspecto del indiferente; de ahí la conveniencia de diferenciarlos. Wolfgang Goethe escribió: "La negligencia y la disidencia producen en el mundo más males que el odio y la maldad".
No existen en los seres humanos, por lo general, los casos "puros", en los cuales predomina totalmente una de las actitudes básicas, ya que nuestra actitud característica está compuesta por todas ellas aunque en distintas proporciones. Como las emociones se van controlando con el razonamiento, es posible modificar tales proporciones hacia una actitud netamente cooperativa, radicando en ello la mejora ética individual.
Al poner en evidencia la existencia de las componentes emocionales de nuestra actitud característica, y al derivar de ellas una ética natural y objetiva, quedan sin efecto los planteos que proponen los difusores del relativismo moral, ya que en toda época y todo lugar el amor ha producido el Bien mientras que el odio, el egoísmo y la indiferencia lo han negado favoreciendo el predominio del Mal.
Puede decirse que una sociedad padece una crisis moral cuando en forma generalizada no se cumple con los mandamientos bíblicos, tanto por parte de ateos como de "creyentes". Así como resulta equivalente no saber leer a no leer nunca nada sabiendo hacerlo, resulta equivalente no cumplir los mandamientos siendo ateo a no cumplirlos siendo "creyente".
Resulta fácil advertir la existencia de acciones consideradas "buenas", como también acciones consideradas "malas", no existiendo, sin embargo, unanimidad respecto de la existencia del bien y del mal en forma independiente de las diversas opiniones. Posiblemente ello se deba a que hay acciones o decisiones cuyos efectos remotos no son fáciles de determinar, por lo que, en este caso, las discusiones al respecto dependerían del conocimiento que de esos efectos tengamos.
ResponderBorrarLos defensores del positivismo jurídico sostienen que el derecho debe independizarse de las demás ciencias sociales, especialmente de aquellas que sugieren alguna postura ética definida, siendo quienes dirigen al Estado los que deben indicar lo que es el bien y lo que es el mal. De ahí que la validez de las leyes humanas habrían de ser independientes de las leyes naturales que rigen nuestras conductas individuales. Friedrich Nietzsche sostenía que "La moral se debe a la potencia psíquica de algunos hombres eminentes (super-hombres), que están por encima del bien y del mal y tienen derecho a imponer su voluntad a los demás", según Antonio Royo Marín.
Si bien la moral predominante varía de una sociedad a otra, y de una época a otra, ello no significa que no exista un orden moral natural y objetivo. Justamente, como los efectos de distintas actitudes morales serán también distintos, habrá alguna moral mejor que otra, que producirá un mayor nivel de felicidad, un mayor grado de adaptación a la ley natural, etc. Tal moral será la que se puede denominar como "orden moral objetivo", cuya esencia se verá luego.
Existe, sin embargo, una confusión similar a la que surge respecto de la "libertad de expresión" cuando no se tienen en cuenta los efectos de esa libertad. Así, puede decirse que, bajo el régimen de Hitler o bajo el de Stalin, todo individuo podía manifestar libremente opiniones contra tales dictadores, lo que era cierto. Sin embargo, si se tienen en cuenta los efectos, se advierte que a muchos podía costarles la vida.
En el caso de la moral ocurre algo similar. Si no se tienen en cuenta los efectos de adoptar una moral determinada, puede decirse que la moral depende de cada uno, de las costumbres, de la historia, etc. Si, por el contrario, tenemos en cuenta los efectos de tal adopción, se verá que, objetivamente, los efectos serán distintos según sea la moral adoptada y, desde algún punto de vista, una moral será mejor que otras.
Desde el punto de vista de la religión natural, o desde la Psicología social, se contempla al bien como la actitud cooperativa mediante la cual se comparten las penas y las alegrías ajenas como propias, mientras que al mal se lo asocia al odio (alegrarse del mal ajeno y entristecerse por su alegría), al egoísmo y a la indiferencia. De ahí que la Psicología de las actitudes pueda considerarse como un fundamento objetivo y observable de la ética cristiana.
Si la ética cristiana tiene un origen natural, y no sobrenatural, no resulta inadecuado considerar al cristianismo como una religión natural, ya que de esa forma se ampliaría su efecto positivo en todo ser humano.
Véase también https://pompiliozigrino.blogspot.com/2023/09/el-amor-propio.html
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