19 El poder y la soberbia

Tanto la cooperación como la competencia forman parte de la naturaleza humana, pudiendo ésta considerarse como el conjunto de atributos que poseemos como consecuencia del proceso evolutivo, o bien como consecuencia del “espíritu de la ley natural” que, a través de ese proceso, nos ha llevado a poseerlas. Mientras que la cooperación resulta imprescindible para la supervivencia de la humanidad (junto a la buena competencia), la mala competencia (junto a la ausencia de espíritu competitivo) resulta desventajosa para el proceso adaptativo al orden natural.

Se entiende como “buena competencia” la que favorece la cooperación social, estando asociada a la “competencia con uno mismo”. El ejemplo evidente es el de la persona que trata de ayudar a sus semejantes en busca de satisfacciones personales de tipo afectivo. Este es el caso de la Madre Teresa de Calcuta. Sin embargo, equivocadamente surgen interpretaciones de tipo “masoquista” sugiriendo que el mérito radica en el “sacrificio altruista” en lugar de surgir de la inteligencia mostrada por haber encontrado el camino hacia la felicidad propuesto por el propio orden natural y acorde a nuestra naturaleza humana. Juan Luis Vives escribió: “Las lágrimas testifican nuestro dolor y nuestro gozo, ya sea que nos dolamos de nuestros males o que lloremos de alegría, ya sea que, mientras nos compadecemos del mal ajeno, nuestras lágrimas den testimonio de que nos hallamos tan afectados como aquellos que sufrieron el daño”.

“Nada hay más eficaz que esto para la concordia, la conciliación del amor y la confirmación del mismo. ¿Qué hay, en efecto, más capaz para predisponer a la benevolencia que franquear los secretos del corazón a los demás, en lo cual se halla el fundamento de la confianza en la amistad, o mostrarles que sus bienes y sus males nos preocupan tanto como si fueran nuestros, en tal manera que nos afectan tanto los unos como los otros, en lo cual se halla la consumación de la amistad, para la cual es uno mismo el querer y el no querer ya que todas las cosas se han hecho por el amor comunes?” (De “De la concordia y de la discordia”-Ediciones Paulinas-Madrid 1978).

Ignorando el proceso adaptativo, se observa la tendencia de los seres humanos a adquirir mayor poder económico, político, social, ideológico, etc., para así sentirse superiores a los demás, hasta llegar al extremo de intentar gobernarlos tanto mental como materialmente, siendo este el caso de los líderes totalitarios (fascistas, nazis, comunistas). Michael Korda escribió: “Como lo que la gente desea es ejercer poder sobre los demás -«manejar personas»-, la corporación corriente funciona como una especie de agente de Bolsa que proporciona cierto número de personas sobre las que ejercer el poder a aquellos que desean ejercerlo. Esto no cuesta nada; toda organización abunda en personas tan poco importantes o fácilmente reemplazables (suponiendo que fuesen necesarias) que resulta sencillo satisfacer las ansias de poder incluso de los ejecutivos más incompetentes ofreciéndoles a alguien a quien tiranizar. Durante años, ésta ha sido la función real de la secretaria en la mente de muchos hombres” (De “El poder”-Emecé Editores SA-Buenos Aires 1977).

La soberbia, como síntoma de un complejo de superioridad, surge como compensación de un previo complejo de inferioridad. De ahí lo absurdo que resulta sentir envidia por aquellos que internamente padecen sentimientos de inferioridad. Incluso los pueblos débiles muestran tales atributos no aceptando culpabilidad alguna por sus errores; también descartan toda posibilidad de emular a quienes hacen bien las cosas. Eugenio Kvaternik, analista político, expresó: "Ortega y Gasset decía que ningún argentino sabe decir «no sé». Los argentinos saben todo y hablan de todo. Uno puede agregar que ningún argentino sabe decir «me equivoqué»". "La Argentina es un país clientelista, prebendario, rentístico, donde la competencia, la emulación y la ejemplaridad no juegan ningún rol" (De "Prohibido no pensar" de Bernardo Neustadt-Grito Sagrado Editorial-Buenos Aires 2005).

La persona equilibrada, psicológica y socialmente, es la que no se valora en exceso ni tampoco en menos. Asume la actitud que deberían adoptar los integrantes del seleccionado de fútbol al concurrir a un campeonato mundial; tanto si van muy “agrandados” como si van muy “achicados” las cosas les irán mal, o peor que si adoptaran la actitud intermedia. Blaise Pascal escribió: “Es peligroso hacer ver al hombre en cuánto es igual a las bestias, sin mostrarle su grandeza. Es también peligroso hacerle ver su grandeza sin su bajeza…Es aún más peligroso dejar que ignore una cosa y otra…No es necesario que el hombre crea que es igual a las bestias, ni a los ángeles…pero que sepa lo uno y lo otro…Si se levanta, lo bajo; si baja, lo levanto; y lo contradigo siempre hasta que comprende que es un monstruo incomprensible…” (Citado en “Pascal” de Dmitri Merejkovski-Editorial Cautelar-Buenos Aires 1947).

Por lo general, la humildad se asocia a la sabiduría y la soberbia a la ignorancia. La “humildad del sabio” surge del conocimiento de las grandes creaciones científicas, como la de Leonhard Euler, a quien se le atribuye haber establecido el 40% de la física y de la matemática del siglo XVIII (incluso la ecuación más importante de la física moderna se denomina “ecuación de Euler-Lagrange"). Quien tiene honestidad y conoce este hecho, advierte el abismo mental entre el genio y el hombre común, y adopta una actitud de humildad. Por el contrario, quien conoce las creaciones de la inteligencia humana y mantiene su soberbia, carece de honestidad. También el ignorante tiende a sobrevalorar su intelecto.

El sabio se compara con todos los hombres del mundo; tanto con sus contemporáneos como con los del pasado, y por ello adopta la típica sencillez del científico auténtico. El soberbio y el ignorante sólo se comparan con las personas cercanas, de su mismo grupo, o de las cercanías inmediatas. Mientras el sabio elige ser “cola de león”, el soberbio y el ignorante eligen ser “cabeza de ratón”,

Si el humilde cede el lugar al soberbio, eludiendo la lucha por el poder, terminará esclavo de éste. De ahí que no debería confundirse humildad con pasividad y resignación, ya que en toda sociedad que funciona como una selva, quien no participa en la lucha por el poder, quedará relegado a la voluntad del soberbio o del totalitario. José Ortega y Gasset escribió: “Una de las paradojas más inevitables es que en la batalla, el vencedor, para vencer, necesita que el vencido le ayude. Es una abstracción hablar de la fuerza de un ejército. La fuerza de un ejército depende de la del otro, y uno de sus ingredientes es la debilidad del enemigo. Cabe decir que la mitad de nuestro ser radica en lo que sean los demás y no se debiera olvidar que nuestro perfil depende en buena parte del hueco que los demás nos dejen”.

“Al preguntarnos qué es el fascismo, la primera contestación que todos nos hemos dado era una segunda pregunta: «¿Qué hacen los liberales, los demócratas?». Como si cierto instinto intelectual nos hiciera sospechar que la clave de la situación, lo esencial del fenómeno, el síntoma más original no estaba tanto en la acción del fascismo como en la inacción del liberalismo. Nuestra atención transitaba instintivamente del dintorno al contorno” (De “El Espectador” VI-Revista de Occidente SA-Madrid 1972).

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