22 El camino hacia la paz
En grupos en que prevalece el egoísmo o la indisciplina, los conflictos se atenúan bajo la presencia y el mando de un líder que impone una fuerte personalidad. En el caso de las naciones, en forma similar, el nacionalismo (o egoísmo colectivo) tiende a hacer perdurar los conflictos y las guerras, encontrando en un imperialismo la solución provisoria de tales conflictos. Como los imperialismos son conducidos generalmente por líderes nacionalistas, ambiciosos de poder, la solución no resulta tan eficaz. Fernando Savater escribió: "Quienes menos debieran proclamarse adversarios del Imperio son sin duda los pacifistas a ultranza. Después de todo, la principal función de los imperios ha sido asegurar la paz -entiéndase, la «no guerra entre comunidades o facciones»- en grandes extensiones de territorio".
"Todos los imperios han comenzado de un modo expansivo y conquistador, agresivamente justificado con razones poco limpias (Gibbon aseguraba que «leyendo a Tito Livio, uno diría que Roma conquistó el mundo en defensa propia»), pero luego han sometido sus posesiones a una ley común y a un desarme forzoso de los enfrentamientos particulares. El auge imperial de Roma, China o Inglaterra fue siempre un periodo de baja conflictividad bélica dentro del territorio bajo su hegemonía, por dominio avasallador de una potencia que no permitía discordias subversivas".
"El final de los imperios, en cambio, ha solido venir señalado por desórdenes guerreros. Incluso hoy, pese a la poca afición imperial de la mayoría de los politólogos, hay quien expresa nostalgia en la Europa postcomunista por el Imperio austrohúngaro y hasta por el Imperio ruso, que sofocaron tantas querellas interétnicas, mientras que los partidarios de una solución exclusivamente regional de los problemas de Oriente Medio suspiran disimuladamente al acordarse del Imperio Otomano...Si de lo que se trata es suspender la discordia suprema, la guerra abierta civil o internacional, los imperios fueron soluciones transitorias y conflictivas, pero no totalmente nefastas"(De "Sin contemplaciones"-Ariel-Buenos Aires 1994).
Las reacciones democráticas y nacionalistas contra los imperios nunca terminaron, debido principalmente a las naturales ambiciones de libertad que cada pueblo mantiene. Savater agrega: "Contra la centralización imperial ha militado en la modernidad la tradición republicana democrática y nacionalista, el pueblo en armas alzado para defender libertades y derechos igualitarios. Los imperios han pretendido pacificar a fuerza de unificar las diferencias bajo una hegemonía indiscutible, las repúblicas nacionales han afirmado belicosamente unas contra otras sus identidades diversas para de ese modo saberse libres. ¿Puede unirse de algún modo la pacificación imperial con el respeto a la pluralidad democrática? Hasta ahora ambos objetivos han sido incompatibles".
Mientras que gran parte de los pueblos europeos, desde varios siglos atrás, debieron padecer los efectos de la concentración de poder en manos de monarquías absolutas, clamando por el surgimiento de monarquías constitucionales y, luego, por democracias, en gran parte de Latinoamérica, acostumbrados a un pasado anárquico, se aspira por el contrario a promover gobiernos liderados por caudillos que concentrarán el poder en sus manos. Mariano Grondona escribió: "Aunque a veces no los necesitemos, nosotros queremos caudillos. Es que nuestro temor ancestral no es la opresión; es la anarquía, que es lo que hemos conocido por más tiempo. Todos los países latinoamericanos retienen en la memoria de sus viejos el recuerdo de alguna anarquía. El hispanoamericano teme la anarquía porque es peor que la tiranía, porque en ella todos son tiranos. El hispanoamericano es discípulo de Hobbes aun sin saberlo. En cambio los anglosajones, más disciplinados, temen la opresión pues no tienen noción de la anarquía. Lucharon contra el absolutismo. Son dos culturas muy distintas y sobre ellas se ha reflejado con opuestas tonalidades la institución presidencial" (De "Los pensadores de la libertad"-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1986).
La restante alternativa, seguramente definitiva, implicará esta vez una concientización masiva de la humanidad acerca del lugar que ocupamos en el universo y de las ventajas individuales y colectivas que presenta adoptar una predisposición favorable hacia la cooperación social. En otras palabras, significa adoptar una actitud que vaya más allá de las leyes humanas y de las creencias subjetivas buscando regirnos por las leyes naturales que regulan nuestras conductas. El gobierno de tales leyes equivale a un autogobierno que deja sin efecto, y sin necesidad de otros gobiernos, como es el ejercido por otros seres humanos. Sería una teocracia directa, distinta de las teocracias indirectas que están lejos de resolver y de limitar los propios conflictos que crean.
La vinculación mental del hombre, respecto del orden natural, no es otra cosa que la religión del futuro. Tal religión universal, si bien no necesariamente ha de resolver todos los problemas humanos, es la mejor opción que disponemos para asegurar la supervivencia de la humanidad con niveles aceptables de felicidad. Tampoco sería imposible limitar el sufrimiento a niveles mínimos.
El sentido de la religión natural no es distinto del proceso de adaptación cultural del hombre al orden natural. Cuando el hombre ignora tal proceso y se aleja de tales leyes, el sufrimiento es inevitable. Christopher Dawson escribió: "Esta desviación espiritual de sus más grandes espíritus es el precio que debe pagar toda civilización cuando pierde sus bases religiosas, y se contenta con un éxito puramente material. Estamos apenas comenzando a comprender cuán mínima y profundamente está ligada la vitalidad de una sociedad con su religión".
"El impulso religioso es el que proporciona la fuerza cohesiva que unifica una sociedad y una cultura. Las grandes civilizaciones del mundo no producen las grandes religiones como una especie de subproducto cultural; en un sentido muy real, las grandes religiones son los cimientos sobre los cuales descansan las grandes civilizaciones. Una sociedad que ha perdido su religión se convierte más tarde o más temprano en una sociedad que ha perdido su cultura" (De "Progreso y religión"-La Espiga de Oro-Buenos Aires 1943).
El párrafo mencionado adquiere toda su significación si tenemos presente que todo constructor de viviendas, por ejemplo, debe conocer antes las leyes de la estática y de la resistencia de materiales; que todo proveedor de energía eléctrica debe antes conocer las leyes del electromagnetismo, etc. De la misma forma, no podemos sustentar una sociedad y una humanidad que se adapte a las leyes naturales que nos rigen sin antes haberlas conocido y, a veces, sin ni siquiera tener en cuenta que existen.
Como, desde hace tiempo, lo señalan varios autores, el camino hacia la paz provendrá de la unión definitiva entre ciencia y religión, ya que la ciencia describe las leyes naturales mientras que la religión moral se basa en las leyes de Dios, que no son otra cosa que aquellas leyes que describe la ciencia experimental (o las ciencias sociales, en el caso indicado). Sin embargo, el cristianismo debería abandonar parcialmente su "aspecto exterior", de los misterios y las intervenciones de Dios, para que la atención recayera en las leyes mencionadas, que tienen un carácter objetivo siendo sus efectos evidenciados con cierta facilidad. Dawson escribió: "La Europa occidental fue incorporada primeramente a una unidad cultural con el advenimiento del cristianismo, y solamente como consecuencia de ese desarrollo el Occidente estuvo en condiciones de heredar también la tradición intelectual de la cultura helénica".
"Sin embargo, puesto que las dos tradiciones tienen distinto origen, aun queda la posibilidad de que no teniendo consistencia por sí mismas, pudiera lograrse una síntesis más completa si una doctrina religiosa más racional y naturalista substituyera al sobrenaturalismo cristiano. En este sentido, no repugna a la lógica la idea de una religión de la ciencia, siempre que se reconozca claramente que pertenece al dominio de la religión y no al de la ciencia".
"Antiguamente, lejos de ser excepción, la regla general es que la religión esté vinculada al conocimiento de la naturaleza. Los orígenes mismos de la ciencia se hallan entre los hombres dedicados a la medicina y los sacerdotes de los pueblos primitivos, y en una etapa superior de la civilización la especulación cosmológica ocupa un lugar considerable en el desarrollo de las grandes religiones".
Cuando Cristo sugiere "amar al enemigo", en realidad trata de limitar la violencia predominante en las diversas épocas y pueblos. Cuando sugiere "ofrecer la otra mejilla", lo hace para detener la secuencia de las venganzas interminables, y no para sugerir una actitud servil, favorecedora de la violencia. Sólo podrá lograrse éxito cuando la persona que ofrece la otra mejilla sea quien previamente logró la predisposición a amar al prójimo como a sí mismo. Giovanni Papini escribió: "La historia del hombre es la historia de una enseñanza. Historia de una guerra entre los menos fuertes de espíritu y los más fuertes en número. Es la historia de una educación siempre fallida y siempre reanudada, de una educación ingrata, dificultosa, soportada con disgusto, frecuentemente rechazada, abandonada de vez en cuando y, poco después, reasumida".
"Los hombres, trabados pero reacios, habían caído en la simulación de la obediencia; hacían un poco de bien a la vista de todos a fin de estar más libres para hacer el mal en secreto, y exageraban la observancia de los preceptos exteriores para burlarse mejor del fundamento y del espíritu de la ley".
"Jesús va derechamente a los extremos. No admite ni siquiera la posibilidad de matar; no quiere pensar que haya un hombre capaz de matar a un hermano. Ni aún de herirlo. No concibe siquiera la intención, la voluntad de matarlo. Un solo instante de ira, una sola palabra de insulto, un solo arranque de ofensa, equivalen al asesinato. Los espíritus muelles y flojos gritarán: ¡Exageración! Porque no hay grandeza donde no hay pasión, es decir, exageración".
"Jesús tiene su lógica y no se equivoca. El homicidio no es más que la última manifestación de un sentimiento. De la ira se pasa a las malas palabras, de las malas palabras a las malas acciones, de los golpes al asesinato. No basta, pues, prohibir el acto final, acto material y externo. Este no es más que el momento resolutivo de un proceso interior que, al fin, lo ha hecho como necesario. Conviene, en cambio, cortar el mal desde su primera raíz; quemar la mala planta del odio, que reproduce frutos venenosos, desde la primera semilla".
"Pero Jesús no ha llegado aún a la más estupenda de sus subversiones. «Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Mas yo os digo que no resistáis al mal; antes si alguno te hiere la mejilla derecha, preséntale también la otra...»".
"La vieja Ley del Talión no podía ser subvertida con palabras más absolutas. La mayor parte de los que se dicen cristianos, no sólo no han observado nunca este mandamiento nuevo, pero ni aún han querido simular que lo aprobaron. El principio de la no resistencia al mal ha sido para una infinidad de creyentes el escándalo insoportable e inaceptable del cristianismo".
"La respuesta de los hombres a la violencia puede ser de tres maneras: la venganza, la fuga y el presentar la otra mejilla. La primera es el principio bárbaro del talión, hoy ennoblecido y disfrazado en los códigos; pero todavía dominante en la práctica....La Ley del Talión puede ser un consuelo bestial para quien ha sido herido primero, pero lejos de disminuir el mal, lo multiplica".
"La fuga no es mejor expediente que el primero. Quien se oculta redobla el valor del enemigo. El temor de la venganza puede, algunas veces, detener la mano del violento. Pero quien huye invita con esto mismo al otro a que lo persiga...El único camino, no obstante el absurdo aparente, es el impuesto por Jesús. Si uno te da una bofetada y le respondes con dos, el otro replicará con puñetazos y tu incurrirás a los puntapiés y saldrán a relucir las armas y uno de vosotros perderá, frecuentemente por una minucia, la vida. Si huyes, tu enemigo te perseguirá o bien, apenas te vuelva a encontrar, envalentonado con la primera prueba, te tomará a puntapiés" (De "Historia de Cristo"-Ediciones del Peregrino-Rosario 1984).
"Todos los imperios han comenzado de un modo expansivo y conquistador, agresivamente justificado con razones poco limpias (Gibbon aseguraba que «leyendo a Tito Livio, uno diría que Roma conquistó el mundo en defensa propia»), pero luego han sometido sus posesiones a una ley común y a un desarme forzoso de los enfrentamientos particulares. El auge imperial de Roma, China o Inglaterra fue siempre un periodo de baja conflictividad bélica dentro del territorio bajo su hegemonía, por dominio avasallador de una potencia que no permitía discordias subversivas".
"El final de los imperios, en cambio, ha solido venir señalado por desórdenes guerreros. Incluso hoy, pese a la poca afición imperial de la mayoría de los politólogos, hay quien expresa nostalgia en la Europa postcomunista por el Imperio austrohúngaro y hasta por el Imperio ruso, que sofocaron tantas querellas interétnicas, mientras que los partidarios de una solución exclusivamente regional de los problemas de Oriente Medio suspiran disimuladamente al acordarse del Imperio Otomano...Si de lo que se trata es suspender la discordia suprema, la guerra abierta civil o internacional, los imperios fueron soluciones transitorias y conflictivas, pero no totalmente nefastas"(De "Sin contemplaciones"-Ariel-Buenos Aires 1994).
Las reacciones democráticas y nacionalistas contra los imperios nunca terminaron, debido principalmente a las naturales ambiciones de libertad que cada pueblo mantiene. Savater agrega: "Contra la centralización imperial ha militado en la modernidad la tradición republicana democrática y nacionalista, el pueblo en armas alzado para defender libertades y derechos igualitarios. Los imperios han pretendido pacificar a fuerza de unificar las diferencias bajo una hegemonía indiscutible, las repúblicas nacionales han afirmado belicosamente unas contra otras sus identidades diversas para de ese modo saberse libres. ¿Puede unirse de algún modo la pacificación imperial con el respeto a la pluralidad democrática? Hasta ahora ambos objetivos han sido incompatibles".
Mientras que gran parte de los pueblos europeos, desde varios siglos atrás, debieron padecer los efectos de la concentración de poder en manos de monarquías absolutas, clamando por el surgimiento de monarquías constitucionales y, luego, por democracias, en gran parte de Latinoamérica, acostumbrados a un pasado anárquico, se aspira por el contrario a promover gobiernos liderados por caudillos que concentrarán el poder en sus manos. Mariano Grondona escribió: "Aunque a veces no los necesitemos, nosotros queremos caudillos. Es que nuestro temor ancestral no es la opresión; es la anarquía, que es lo que hemos conocido por más tiempo. Todos los países latinoamericanos retienen en la memoria de sus viejos el recuerdo de alguna anarquía. El hispanoamericano teme la anarquía porque es peor que la tiranía, porque en ella todos son tiranos. El hispanoamericano es discípulo de Hobbes aun sin saberlo. En cambio los anglosajones, más disciplinados, temen la opresión pues no tienen noción de la anarquía. Lucharon contra el absolutismo. Son dos culturas muy distintas y sobre ellas se ha reflejado con opuestas tonalidades la institución presidencial" (De "Los pensadores de la libertad"-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1986).
La restante alternativa, seguramente definitiva, implicará esta vez una concientización masiva de la humanidad acerca del lugar que ocupamos en el universo y de las ventajas individuales y colectivas que presenta adoptar una predisposición favorable hacia la cooperación social. En otras palabras, significa adoptar una actitud que vaya más allá de las leyes humanas y de las creencias subjetivas buscando regirnos por las leyes naturales que regulan nuestras conductas. El gobierno de tales leyes equivale a un autogobierno que deja sin efecto, y sin necesidad de otros gobiernos, como es el ejercido por otros seres humanos. Sería una teocracia directa, distinta de las teocracias indirectas que están lejos de resolver y de limitar los propios conflictos que crean.
La vinculación mental del hombre, respecto del orden natural, no es otra cosa que la religión del futuro. Tal religión universal, si bien no necesariamente ha de resolver todos los problemas humanos, es la mejor opción que disponemos para asegurar la supervivencia de la humanidad con niveles aceptables de felicidad. Tampoco sería imposible limitar el sufrimiento a niveles mínimos.
El sentido de la religión natural no es distinto del proceso de adaptación cultural del hombre al orden natural. Cuando el hombre ignora tal proceso y se aleja de tales leyes, el sufrimiento es inevitable. Christopher Dawson escribió: "Esta desviación espiritual de sus más grandes espíritus es el precio que debe pagar toda civilización cuando pierde sus bases religiosas, y se contenta con un éxito puramente material. Estamos apenas comenzando a comprender cuán mínima y profundamente está ligada la vitalidad de una sociedad con su religión".
"El impulso religioso es el que proporciona la fuerza cohesiva que unifica una sociedad y una cultura. Las grandes civilizaciones del mundo no producen las grandes religiones como una especie de subproducto cultural; en un sentido muy real, las grandes religiones son los cimientos sobre los cuales descansan las grandes civilizaciones. Una sociedad que ha perdido su religión se convierte más tarde o más temprano en una sociedad que ha perdido su cultura" (De "Progreso y religión"-La Espiga de Oro-Buenos Aires 1943).
El párrafo mencionado adquiere toda su significación si tenemos presente que todo constructor de viviendas, por ejemplo, debe conocer antes las leyes de la estática y de la resistencia de materiales; que todo proveedor de energía eléctrica debe antes conocer las leyes del electromagnetismo, etc. De la misma forma, no podemos sustentar una sociedad y una humanidad que se adapte a las leyes naturales que nos rigen sin antes haberlas conocido y, a veces, sin ni siquiera tener en cuenta que existen.
Como, desde hace tiempo, lo señalan varios autores, el camino hacia la paz provendrá de la unión definitiva entre ciencia y religión, ya que la ciencia describe las leyes naturales mientras que la religión moral se basa en las leyes de Dios, que no son otra cosa que aquellas leyes que describe la ciencia experimental (o las ciencias sociales, en el caso indicado). Sin embargo, el cristianismo debería abandonar parcialmente su "aspecto exterior", de los misterios y las intervenciones de Dios, para que la atención recayera en las leyes mencionadas, que tienen un carácter objetivo siendo sus efectos evidenciados con cierta facilidad. Dawson escribió: "La Europa occidental fue incorporada primeramente a una unidad cultural con el advenimiento del cristianismo, y solamente como consecuencia de ese desarrollo el Occidente estuvo en condiciones de heredar también la tradición intelectual de la cultura helénica".
"Sin embargo, puesto que las dos tradiciones tienen distinto origen, aun queda la posibilidad de que no teniendo consistencia por sí mismas, pudiera lograrse una síntesis más completa si una doctrina religiosa más racional y naturalista substituyera al sobrenaturalismo cristiano. En este sentido, no repugna a la lógica la idea de una religión de la ciencia, siempre que se reconozca claramente que pertenece al dominio de la religión y no al de la ciencia".
"Antiguamente, lejos de ser excepción, la regla general es que la religión esté vinculada al conocimiento de la naturaleza. Los orígenes mismos de la ciencia se hallan entre los hombres dedicados a la medicina y los sacerdotes de los pueblos primitivos, y en una etapa superior de la civilización la especulación cosmológica ocupa un lugar considerable en el desarrollo de las grandes religiones".
Cuando Cristo sugiere "amar al enemigo", en realidad trata de limitar la violencia predominante en las diversas épocas y pueblos. Cuando sugiere "ofrecer la otra mejilla", lo hace para detener la secuencia de las venganzas interminables, y no para sugerir una actitud servil, favorecedora de la violencia. Sólo podrá lograrse éxito cuando la persona que ofrece la otra mejilla sea quien previamente logró la predisposición a amar al prójimo como a sí mismo. Giovanni Papini escribió: "La historia del hombre es la historia de una enseñanza. Historia de una guerra entre los menos fuertes de espíritu y los más fuertes en número. Es la historia de una educación siempre fallida y siempre reanudada, de una educación ingrata, dificultosa, soportada con disgusto, frecuentemente rechazada, abandonada de vez en cuando y, poco después, reasumida".
"Los hombres, trabados pero reacios, habían caído en la simulación de la obediencia; hacían un poco de bien a la vista de todos a fin de estar más libres para hacer el mal en secreto, y exageraban la observancia de los preceptos exteriores para burlarse mejor del fundamento y del espíritu de la ley".
"Jesús va derechamente a los extremos. No admite ni siquiera la posibilidad de matar; no quiere pensar que haya un hombre capaz de matar a un hermano. Ni aún de herirlo. No concibe siquiera la intención, la voluntad de matarlo. Un solo instante de ira, una sola palabra de insulto, un solo arranque de ofensa, equivalen al asesinato. Los espíritus muelles y flojos gritarán: ¡Exageración! Porque no hay grandeza donde no hay pasión, es decir, exageración".
"Jesús tiene su lógica y no se equivoca. El homicidio no es más que la última manifestación de un sentimiento. De la ira se pasa a las malas palabras, de las malas palabras a las malas acciones, de los golpes al asesinato. No basta, pues, prohibir el acto final, acto material y externo. Este no es más que el momento resolutivo de un proceso interior que, al fin, lo ha hecho como necesario. Conviene, en cambio, cortar el mal desde su primera raíz; quemar la mala planta del odio, que reproduce frutos venenosos, desde la primera semilla".
"Pero Jesús no ha llegado aún a la más estupenda de sus subversiones. «Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Mas yo os digo que no resistáis al mal; antes si alguno te hiere la mejilla derecha, preséntale también la otra...»".
"La vieja Ley del Talión no podía ser subvertida con palabras más absolutas. La mayor parte de los que se dicen cristianos, no sólo no han observado nunca este mandamiento nuevo, pero ni aún han querido simular que lo aprobaron. El principio de la no resistencia al mal ha sido para una infinidad de creyentes el escándalo insoportable e inaceptable del cristianismo".
"La respuesta de los hombres a la violencia puede ser de tres maneras: la venganza, la fuga y el presentar la otra mejilla. La primera es el principio bárbaro del talión, hoy ennoblecido y disfrazado en los códigos; pero todavía dominante en la práctica....La Ley del Talión puede ser un consuelo bestial para quien ha sido herido primero, pero lejos de disminuir el mal, lo multiplica".
"La fuga no es mejor expediente que el primero. Quien se oculta redobla el valor del enemigo. El temor de la venganza puede, algunas veces, detener la mano del violento. Pero quien huye invita con esto mismo al otro a que lo persiga...El único camino, no obstante el absurdo aparente, es el impuesto por Jesús. Si uno te da una bofetada y le respondes con dos, el otro replicará con puñetazos y tu incurrirás a los puntapiés y saldrán a relucir las armas y uno de vosotros perderá, frecuentemente por una minucia, la vida. Si huyes, tu enemigo te perseguirá o bien, apenas te vuelva a encontrar, envalentonado con la primera prueba, te tomará a puntapiés" (De "Historia de Cristo"-Ediciones del Peregrino-Rosario 1984).
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