21 Los sembradores de odio
En estos tiempos es frecuente escuchar hablar de “locura generalizada” y de “un mundo al revés”. Quizá ello se deba principalmente a la promoción de la violencia por parte de políticos e intelectuales y la aceptación generalizada por parte de importantes sectores de la sociedad. Todo ello, supuestamente, “para lograr un mundo mejor”. Sin embargo, una vez que se ha sembrado el odio a niveles masivos, las consecuencias en el corto, el mediano y el largo plazo no serán precisamente las que supuestamente se esperan.
Los totalitarismos del siglo XX se caracterizaron por surgir de una previa siembra de odio y difamación por cuestiones étnicas (nazismo) y por cuestiones de clase social (marxismo-leninismo). A pesar de las catástrofes sociales que produjo, la ideología socialista mantiene plena vigencia. Y ello se debe a la simultánea siembra mencionada junto al rechazo de propuestas civilizadas y pacíficas. Paul Johnson escribió: “La religión era importante para Lenin, en el sentido de que la odiaba. A diferencia de Marx, que la despreciaba, y que la trataba como un fenómeno marginal, Lenin entendía que era un enemigo poderoso y ubicuo”.
“Desde el principio, el Estado que él creó, organizó y mantiene hasta hoy, es una enorme máquina de propaganda académica dirigida contra la religión. No era meramente anticlerical como Stalin, que experimentaba antipatía hacia los sacerdotes porque eran individuos corruptos. Por el contrario, Lenin no manifestaba sentimientos reales con respecto a los clérigos corruptos, porque a éstos resultaba fácil derrotarlos. Los hombres a quienes temía y odiaba realmente, y a los que después persiguió, eran los santos. Cuanto más pura la religión, más peligrosa. Argüía que un clérigo abnegado tiene una influencia mucho mayor que uno egoísta e inmoral” (De “Tiempos modernos”-Javier Vergara Editor SA-Buenos Aires 1988).
Entre los intelectuales de mayor influencia social en el siglo XX, y al que incluso se le otorgó el premio literario más importante (el Nobel, que luego rechazara), encontramos a Jean-Paul Sartre. Siempre surge la siguiente duda: las aclamaciones y los premios, ¿se les habrían concedido si en lugar de predicar el odio hubiese predicado la paz? Paul Johnson escribió: “El consejo que Sartre ofreció a sus admiradores del Tercer Mundo tuvo un aspecto más siniestro. Aunque él mismo no fue un hombre de acción (una de las burlas más hirientes de Camus fue que Sartre «trataba de hacer la historia desde su sillón») siempre incitaba a la acción a los demás, y la acción generalmente significaba violencia”.
“Se convirtió en padrino de Franz Fanon, el ideólogo africano que podría ser llamado el fundador del racismo negro africano moderno, y escribió un prefacio a su Biblia de la violencia, Los Damnificados de la tierra (1961), que es aún más sanguinario que el texto mismo. Para un hombre negro, escribió Sartre, «matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro; quedan un hombre muerto y un hombre libre». Esto fue una puesta al día del existencialismo; la propia liberación a través del asesinato”.
“Fue Sartre quien inventó la técnica verbal (recogida en la filosofía alemana) de identificar al orden existente como «violento» (por ejemplo la «violencia institucionalizada») justificando así la muerte para desterrarla. Afirmó: «Para mí el problema esencial es rechazar la teoría según la cual la izquierda no debería responder a la violencia»…Como los textos de Sartre se difundían ampliamente, en especial entre los jóvenes, se convirtió entonces en el padrino de muchos movimientos terroristas que comenzaron a abrumar a la sociedad a partir de fines de la década del sesenta”.
“Lo que no previó, y que un hombre más sabio hubiese previsto, fue que la mayor parte de esa violencia a la que dio estímulo filosófico sería infligida por los negros, no sobre los blancos, sino a otros negros. Al ayudar a Fanon a enardecer a África contribuyó a las guerras civiles y asesinatos masivos que han sumergido a la mayor parte de ese continente a partir de mediados de la década del sesenta hasta hoy”.
“Su influencia en el sudeste de Asia, donde estaba terminando la guerra de Vietnam, fue aún más funesta. Los crímenes horrendos perpetrados en Camboya desde abril de 1975 en adelante, que incluyeron la muerte de entre un quinto y un tercio de la población, fueron organizados por un grupo de intelectuales francoparlantes de clase media conocido como Angka Leu («la Organización Superior»). De sus ocho líderes, cinco eran maestros, uno profesor universitario, otro funcionario del Estado y otro economista. Todos habían estudiado en Francia en la década del cincuenta, y allí no habían pertenecido al partido comunista, pero habían absorbido las doctrinas de Sartre, de activismo filosófico y «violencia necesaria». Estos asesinos fueron sus hijos ideológicos” (De “Intelectuales”- Javier Vergara Editor SA-Buenos Aires 1988).
Mientras que Sartre era un instigador, o teórico, en la promoción de la violencia, Ernesto Che Guevara, al igual que Lenin, era “teórico y práctico”, ya que no perdió la oportunidad de asesinar con su propia arma a más de 200 “enemigos”, ninguno en combate. También ordenó a sus subalternos unos 1.500 fusilamientos. Nuevamente surge el interrogante: ¿Serán estas las causas por las cuales se le rinde homenajes, se le levantan monumentos, se coloca su nombre a escuelas e, incluso, varios padres eligen “Ernesto” para asignarlo a sus hijos? Entre los mensajes que dejó a la posteridad, como “filosofía de vida”, puede mencionarse el siguiente: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal” (Citado en “Por amor al odio” de Carlos Manuel Acuña-Ediciones del Pórtico-Buenos Aires 2000).
Los “enemigos brutales”, que asesinaba la guerrilla de los años 70, eran empresarios, obreros, gerentes de empresas, docentes, policías, militares, etc. Una de esas víctimas fue Carlos A. Sacheri, asesinado delante de su familia cuando salía de un templo luego de una misa. Seguramente, sus asesinos eran seguidores tanto de Guevara como de Lenin y vieron en él a una persona inofensiva y, por lo tanto, “peligrosa”. Entre los libros que escribió Sacheri se encuentran El orden natural y La Iglesia clandestina, en los cuales intenta afianzar las ideas cristianas y prevenir a los católicos de la tendencia destructiva que amenaza la integridad de la Iglesia; destrucción que no pudo evitar ya que en la actualidad, a través de Jorge Bergoglio, el marxismo-leninismo gobierna ideológicamente tal institución.
Es interesante conocer algunos detalles de la personalidad del Che Guevara, sobre todo para vislumbrar el estado mental y moral de las masas que lo idolatran y lo veneran. Nicolás Márquez escribió: “Para Guevara, la práctica del fusilamiento comenzaba a transformarse en un simple hobbie de tinte tenebroso. De hecho, no hay casi registros en sus diarios de haber matado enemigos en combate y por el contrario, él confiesa haber fusilado en persona a 14 guerrilleros que peleaban en su grupo, pero que a él no le inspiraban confianza o simpatía”.
“Guevara fusilaba o mandaba fusilar por terceros a todo aquel con quien no simpatizara. En cambio, cuando la antipatía no era muy aguda, el Che se entretenía efectuando simulacros de fusilamiento. Así lo relata Castañeda: «Finalmente diseca el caso –ultrajante por cruel e innecesario- de los ajusticiamientos simbólicos: los simulacros de fusilamiento, sin que las víctimas sospecharan el carácter exclusivamente ceremonial del paredón contra el cual se los colocaba»”. “El criterio utilizado por Guevara para discriminar quién viviría y quién no, o a quién había que humillar y a quién tratar con dignidad, según Sebreli, se basaba en que «La idea del bien y el mal se traducía en su pensamiento en coraje y cobardía; así, trataba a sus propios compañeros con toda crueldad y los humillaba si caían en la selva vencidos por el hambre, la sed, la fatiga y las enfermedades; no había piedad para el débil»” (De “El canalla” de Nicolás Márquez-Buenos Aires 2009).
En cuanto a los totalitarismos, puede decirse que el proceso generalmente implica “el culto a la personalidad del líder”. Luego, quienes no aceptan homenajear al endiosado, serán considerados enemigos, y sobre ellos se destinará toda la “producción cotidiana de odio”. Los “herejes” serán considerados traidores a la patria y pasarán al sector de los enemigos. La ética del bien y del mal será reemplazada por la ética de la obsecuencia y la oposición. Eva Duarte de Perón muestra tales aspectos al manifestar: “Mis queridos descamisados…Yo quiero que ustedes me autoricen para que diga lo que ustedes sienten; ustedes que, a través de un siglo de oligarquía, de entrega, de explotación, sufrieron la amargura infinita de ver a la patria humillada y sometida por sus propios hijos. No, no eran sus hijos. No, por sus venas no corría sangre de argentinos, por sus venas corría sangre de traidores…” (Citado en “Perón. El fetiche de las masas” de Nicolás Márquez-Grupo Unión-Buenos Aires 2015).
Los totalitarismos del siglo XX se caracterizaron por surgir de una previa siembra de odio y difamación por cuestiones étnicas (nazismo) y por cuestiones de clase social (marxismo-leninismo). A pesar de las catástrofes sociales que produjo, la ideología socialista mantiene plena vigencia. Y ello se debe a la simultánea siembra mencionada junto al rechazo de propuestas civilizadas y pacíficas. Paul Johnson escribió: “La religión era importante para Lenin, en el sentido de que la odiaba. A diferencia de Marx, que la despreciaba, y que la trataba como un fenómeno marginal, Lenin entendía que era un enemigo poderoso y ubicuo”.
“Desde el principio, el Estado que él creó, organizó y mantiene hasta hoy, es una enorme máquina de propaganda académica dirigida contra la religión. No era meramente anticlerical como Stalin, que experimentaba antipatía hacia los sacerdotes porque eran individuos corruptos. Por el contrario, Lenin no manifestaba sentimientos reales con respecto a los clérigos corruptos, porque a éstos resultaba fácil derrotarlos. Los hombres a quienes temía y odiaba realmente, y a los que después persiguió, eran los santos. Cuanto más pura la religión, más peligrosa. Argüía que un clérigo abnegado tiene una influencia mucho mayor que uno egoísta e inmoral” (De “Tiempos modernos”-Javier Vergara Editor SA-Buenos Aires 1988).
Entre los intelectuales de mayor influencia social en el siglo XX, y al que incluso se le otorgó el premio literario más importante (el Nobel, que luego rechazara), encontramos a Jean-Paul Sartre. Siempre surge la siguiente duda: las aclamaciones y los premios, ¿se les habrían concedido si en lugar de predicar el odio hubiese predicado la paz? Paul Johnson escribió: “El consejo que Sartre ofreció a sus admiradores del Tercer Mundo tuvo un aspecto más siniestro. Aunque él mismo no fue un hombre de acción (una de las burlas más hirientes de Camus fue que Sartre «trataba de hacer la historia desde su sillón») siempre incitaba a la acción a los demás, y la acción generalmente significaba violencia”.
“Se convirtió en padrino de Franz Fanon, el ideólogo africano que podría ser llamado el fundador del racismo negro africano moderno, y escribió un prefacio a su Biblia de la violencia, Los Damnificados de la tierra (1961), que es aún más sanguinario que el texto mismo. Para un hombre negro, escribió Sartre, «matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro; quedan un hombre muerto y un hombre libre». Esto fue una puesta al día del existencialismo; la propia liberación a través del asesinato”.
“Fue Sartre quien inventó la técnica verbal (recogida en la filosofía alemana) de identificar al orden existente como «violento» (por ejemplo la «violencia institucionalizada») justificando así la muerte para desterrarla. Afirmó: «Para mí el problema esencial es rechazar la teoría según la cual la izquierda no debería responder a la violencia»…Como los textos de Sartre se difundían ampliamente, en especial entre los jóvenes, se convirtió entonces en el padrino de muchos movimientos terroristas que comenzaron a abrumar a la sociedad a partir de fines de la década del sesenta”.
“Lo que no previó, y que un hombre más sabio hubiese previsto, fue que la mayor parte de esa violencia a la que dio estímulo filosófico sería infligida por los negros, no sobre los blancos, sino a otros negros. Al ayudar a Fanon a enardecer a África contribuyó a las guerras civiles y asesinatos masivos que han sumergido a la mayor parte de ese continente a partir de mediados de la década del sesenta hasta hoy”.
“Su influencia en el sudeste de Asia, donde estaba terminando la guerra de Vietnam, fue aún más funesta. Los crímenes horrendos perpetrados en Camboya desde abril de 1975 en adelante, que incluyeron la muerte de entre un quinto y un tercio de la población, fueron organizados por un grupo de intelectuales francoparlantes de clase media conocido como Angka Leu («la Organización Superior»). De sus ocho líderes, cinco eran maestros, uno profesor universitario, otro funcionario del Estado y otro economista. Todos habían estudiado en Francia en la década del cincuenta, y allí no habían pertenecido al partido comunista, pero habían absorbido las doctrinas de Sartre, de activismo filosófico y «violencia necesaria». Estos asesinos fueron sus hijos ideológicos” (De “Intelectuales”- Javier Vergara Editor SA-Buenos Aires 1988).
Mientras que Sartre era un instigador, o teórico, en la promoción de la violencia, Ernesto Che Guevara, al igual que Lenin, era “teórico y práctico”, ya que no perdió la oportunidad de asesinar con su propia arma a más de 200 “enemigos”, ninguno en combate. También ordenó a sus subalternos unos 1.500 fusilamientos. Nuevamente surge el interrogante: ¿Serán estas las causas por las cuales se le rinde homenajes, se le levantan monumentos, se coloca su nombre a escuelas e, incluso, varios padres eligen “Ernesto” para asignarlo a sus hijos? Entre los mensajes que dejó a la posteridad, como “filosofía de vida”, puede mencionarse el siguiente: “El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal” (Citado en “Por amor al odio” de Carlos Manuel Acuña-Ediciones del Pórtico-Buenos Aires 2000).
Los “enemigos brutales”, que asesinaba la guerrilla de los años 70, eran empresarios, obreros, gerentes de empresas, docentes, policías, militares, etc. Una de esas víctimas fue Carlos A. Sacheri, asesinado delante de su familia cuando salía de un templo luego de una misa. Seguramente, sus asesinos eran seguidores tanto de Guevara como de Lenin y vieron en él a una persona inofensiva y, por lo tanto, “peligrosa”. Entre los libros que escribió Sacheri se encuentran El orden natural y La Iglesia clandestina, en los cuales intenta afianzar las ideas cristianas y prevenir a los católicos de la tendencia destructiva que amenaza la integridad de la Iglesia; destrucción que no pudo evitar ya que en la actualidad, a través de Jorge Bergoglio, el marxismo-leninismo gobierna ideológicamente tal institución.
Es interesante conocer algunos detalles de la personalidad del Che Guevara, sobre todo para vislumbrar el estado mental y moral de las masas que lo idolatran y lo veneran. Nicolás Márquez escribió: “Para Guevara, la práctica del fusilamiento comenzaba a transformarse en un simple hobbie de tinte tenebroso. De hecho, no hay casi registros en sus diarios de haber matado enemigos en combate y por el contrario, él confiesa haber fusilado en persona a 14 guerrilleros que peleaban en su grupo, pero que a él no le inspiraban confianza o simpatía”.
“Guevara fusilaba o mandaba fusilar por terceros a todo aquel con quien no simpatizara. En cambio, cuando la antipatía no era muy aguda, el Che se entretenía efectuando simulacros de fusilamiento. Así lo relata Castañeda: «Finalmente diseca el caso –ultrajante por cruel e innecesario- de los ajusticiamientos simbólicos: los simulacros de fusilamiento, sin que las víctimas sospecharan el carácter exclusivamente ceremonial del paredón contra el cual se los colocaba»”. “El criterio utilizado por Guevara para discriminar quién viviría y quién no, o a quién había que humillar y a quién tratar con dignidad, según Sebreli, se basaba en que «La idea del bien y el mal se traducía en su pensamiento en coraje y cobardía; así, trataba a sus propios compañeros con toda crueldad y los humillaba si caían en la selva vencidos por el hambre, la sed, la fatiga y las enfermedades; no había piedad para el débil»” (De “El canalla” de Nicolás Márquez-Buenos Aires 2009).
En cuanto a los totalitarismos, puede decirse que el proceso generalmente implica “el culto a la personalidad del líder”. Luego, quienes no aceptan homenajear al endiosado, serán considerados enemigos, y sobre ellos se destinará toda la “producción cotidiana de odio”. Los “herejes” serán considerados traidores a la patria y pasarán al sector de los enemigos. La ética del bien y del mal será reemplazada por la ética de la obsecuencia y la oposición. Eva Duarte de Perón muestra tales aspectos al manifestar: “Mis queridos descamisados…Yo quiero que ustedes me autoricen para que diga lo que ustedes sienten; ustedes que, a través de un siglo de oligarquía, de entrega, de explotación, sufrieron la amargura infinita de ver a la patria humillada y sometida por sus propios hijos. No, no eran sus hijos. No, por sus venas no corría sangre de argentinos, por sus venas corría sangre de traidores…” (Citado en “Perón. El fetiche de las masas” de Nicolás Márquez-Grupo Unión-Buenos Aires 2015).
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