16 El anti-individualismo totalitario

La ciencia experimental mantiene un ritmo de progreso constante, debido principalmente al empleo del método de "prueba y error", por el cual se acepta lo que se adapta a la realidad y se rechaza lo que no se adapta, mientras que las ideologías políticas, por el contrario, generalmente combaten lo que se adapta a la realidad y promueven lo que no se adapta, mostrando un verdadero anti-cientificismo. De ahí la expresión aquella de que, "mientras que el filósofo utiliza lápiz y papel, el científico utiliza lápiz, papel y un cesto en dónde arrojar papeles".

Los acontecimientos políticos y económicos que suceden desde el siglo pasado, no tienen ninguna relevancia para muchos ideólogos, ya que mantienen intactas sus creencias respecto del socialismo, totalitarismo que provocó, junto al nazismo, las mayores catástrofes sociales de toda la historia de la humanidad. Emery Reves escribía a mediados del siglo XX: "Los países fascistas afirman que la democracia y el comunismo son una misma cosa, que la democracia es tan sólo un corolario político del comunismo y que todo sistema democrático de gobierno conduce inevitablemente al bolcheviquismo".

"Los comunistas insisten en que la democracia y el fascismo son una misma cosa, que ambos son capitalistas, que bajo ambos, el capital privado explota a los obreros, que el fascismo es la forma última y más intensa del capitalismo, nada más que un instrumento de los reaccionarios para destruir el socialismo".

"Los países democráticos insisten cada vez con más frecuencia en que el fascismo y el comunismo son la misma cosa, que ambos son dictaduras totalitarias, que oprimen a los pueblos por medio de una policía despiadada, destruyendo todas las libertades y reduciendo al ser humano a la condición de un siervo" (De "Anatomía de la paz"-Editorial Claridad SA-Buenos Aires 1946).

Por lo general, a la democracia liberal se le critican, absurdamente, ciertos atributos precisamente combatidos por quienes adhieren a dicha postura política y económica, como es el caso de la explotación laboral, la concentración de la riqueza, la pobreza de muchos, etc. Debe tenerse presente que el liberalismo propone una "economía de mercado", donde concurre una cantidad suficiente de empresarios, que compiten de tal manera que limitan sus egoísmos y favorecen al consumidor. Si en realidad no ocurre tal cosa, por predominar en la sociedad una mentalidad antiempresarial y una pobre predisposición para encarar emprendimientos individuales, no puede hablarse de la existencia de un mercado, y mucho menos de una economía de mercado.

El éxito de un sistema económico depende de muchos factores, especialmente de aspectos culturales y morales, siendo errónea la idea de quienes suponen que, sólo aplicando la economía de mercado, podrá una sociedad resurgir en todos sus ámbitos, aún cuando no se fundamente en una previa y aceptable ética individual, aduciendo incluso que tal sistema económico trae implícita una "ética incorporada". Tal economicismo, existente también en el marxismo, impide parcialmente la aceptación de las ideas liberales en aquellas sociedades que más las necesitan.

Que una sociedad se oriente hacia una auténtica economía de mercado, dependerá de la mentalidad generalizada de esa sociedad, ya que hay mentalidades favorables y también desfavorables para el desarrollo económico. Generalmente se olvida aquello de que "no sólo de pan vive el hombre", por lo cual algunos manifiestan que sin el prioritario pan nada podrá lograrse; pero para lograr ese pan debe existir una previa predisposición a la cooperación social que ha de provenir de una ética extra-económica.

Entre las omisiones de los sectores liberales, que sólo critican la ineficacia del socialismo en economía, se advierte su parcial silencio por los aspectos perversos e inhumanos a los que generalmente conducen los sistemas totalitarios. Este es el caso de la anulación de los atributos individuales en la búsqueda de una uniformidad poco natural. Tanto nazis como comunistas empleaban tal método, que puede ser reeditado en cualquier época con el acceso de los socialistas al poder. William Ebenstein escribió: "El totalitarismo como forma de gobierno y como sistema de vida se caracteriza por un propósito fundamental: el control total del hombre por el Estado, no reconociendo límites en cuanto a metas o medios".

"En lo primero, las metas, el totalitarismo reclama al hombre en su totalidad, en cuerpo y alma, y no existe ninguna actividad humana -política, económica, social, religiosa o educacional- que se exceptúe del control y el dominio del gobierno. El objetivo es el máximo poder del Estado, conquistable únicamente mediante la represión máxima de la libertad individual".

"El Estado es el amo, el individuo el servidor, exactamente opuesto al concepto democrático. Como resultado de ello, el sistema totalitario no reconoce derechos «inalienables» al individuo". "El derecho del individuo a la intimidad es rechazado completamente e incluso no se permite que relaciones tan personales como la amistad, el amor o la familia, se interpongan en la marcha de la todopoderosa aplanadora que es el Estado" (De "El totalitarismo"-Editorial Paidós-Buenos Aires 1965).

Las sociedades totalitarias han sido establecidas como colectivismos, siendo limitado o borrado todo rastro de individualismo, considerado como el principal e indeseable atributo humano que debe suprimirse. La crítica a toda forma de "desigualdad" es también una encubierta oposición a todo atributo que conforme la personalidad individual. De ahí que pueda decirse que "totalitarismo" sea sinónimo de "anti-humanismo". Ebenstein escribió al respecto: "Los campos de concentración, los campos de trabajo esclavo y las cámaras de gas, no son meros fenómenos incidentales de los sistemas totalitarios, sino parte de la esencia misma del totalitarismo, porque es en los campos de concentración y en los campos de trabajo esclavo donde el hombre es aniquilado como ser humano y reducido a un simple número tatuado en su cuerpo".

"Los lugares de este tipo no fueron ideados en primera instancia para la reclusión de presos ordinarios o presos políticos: los nazis los llenaban con víctimas tales como los judíos, a quienes ni siquiera se imputaba una transgresión determinada. En forma análoga, Stalin atiborraba sus campos de concentración con millones de personas como los kulaks, o sea los campesinos ricos, y los sobrevivientes de la burguesía, a quienes se castigaba, no por haber incurrido en delito alguno, sino por pertenecer a una categoría social inadecuada. Pues la finalidad de los campos de concentración o los campos de trabajo esclavo no es castigar el delito, sino mostrar al grueso de la población que cada cual puede convertirse en un huésped en potencia de tales sitios, porque la culpabilidad (en el sentido de haber cometido algún delito específico) tiene poco o nada que ver con la degradación que implica semejante condición".

"Su propósito no es únicamente destruir al enemigo o al presunto enemigo, sino convertir al ser humano en un ser no humano y restringir el sentido inherente al término humano a una subordinación completa al Estado".

"En política extranjera los regímenes totalitarios siguen una línea de acción parecida. La finalidad no es simplemente fiscalizar o dominar a otra nación, sino degradarla y privarla de toda autonomía como entidad separada y orgánica. Es bien sabido que Hitler experimentó una gran decepción cuando obtuvo todo lo que quería en 1938 con respecto a los alemanes sudetes de Checoslovaquia, sin necesidad de aplastar al país".

"En la legislación nazi que sobrevino se definió a la población checoslovaca como «alemanes (una pequeña minoría entonces) y otros habitantes». A los ojos de los nazis, entonces, los checos no sólo habían sido derrotados por las armas alemanas, sino que habían cesado de existir como nación, del mismo modo que el internado de un campo de concentración o de exterminio sólo cuenta como un número, sin personalidad o individualidad humana. Los planes hitlerianos concernientes a los polacos y rusos eran similares: no se trataba de conquistarlos militarmente tan sólo, sino transformar a ambas naciones en no-naciones esclavas de la «Kultur alemana superior».

"Análogamente, durante la Segunda Guerra Mundial Stalin abolió nacionalidades enteras en la Unión Soviética, dispersándolas en las vastas estepas vacías de Siberia y Asia. En su famoso discurso del 25 de febrero de 1956, Khruschev declaró que los cincuenta millones de ucranianos escaparon a esta suerte únicamente porque «eran muchos y no había dónde deportarlos. En caso contrario, Stalin también los habría suprimido»".

En este caso, Khruschev no dijo toda la verdad por cuanto las represalias de Stalin contra los campesinos ucranianos que se oponían a entregar sus cosechas, produjeron una masiva hambruna con unos 7 millones de ucranianos muertos.

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